jueves, 15 de octubre de 2015

70 AÑOS DEL 17 DE OCTUBRE MARTÍN GARCÍA




El 8 de octubre de 1945, como particular regalo de cumpleaños, el coronel Juan Perón era encarcelado y –alterando la normativa militar- internado en la isla de Martín García, jurisdicción de la Armada. “¡que me fusile un pelotón de andinistas, si falté al Ejército, o que me metan en Villa Devoto si he cometido algún delito”, clamó el preso.
Sin embargo, la detención obedecía a otras causas: la subversiva política social que, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión había concedido entre otras cosas, vacaciones anuales a los peones de campo, la antipatía del sector antiargentino del departamento de Estado en Washington y, sobre todo, la amenaza de que el sonriente coronel continuara al frente de la Nación tras la celebración de elecciones libres.
Al odio de clase provocado en la oligarquía tradicional, se sumaba –con no menor antipatía- la chatura de aquellos que siempre han pensado que si los “negros” viven como yo, entonces me convierto en otro “negro”. De ese sector surgió la alianza de dos hombres que, de no haber existido el coronel, seguramente hubieran tenido importantes destinos en el ejército uno y en la UCR, el antiguo partido popular, el otro. En efecto, el general Eduardo Ávalos y el doctor Amadeo Sabattini se aliaron para sacar “del ala”, diría el caudillo de Villa María, al molesto Perón.
No se equivocaba en sus cálculos Sabattini, Ávalos poco entendía de política, y analizaba correctamente el marco político social del escenario. Salvo un detalle: las cuevas masas trabajadoras que , integradas con los veteranos de décadas de lucha sindical, habían poblado los barrios periféricos de las grandes ciudades, aportando además la vieja historia de las luchas por la independencia, las de las montoneras federales y, por fin, las de la chusma radical que enfrentando a los radicales elegantes habían seguido con pasión a Don Hipólito en sus horas de gloria.


EL SUBSUELO DE LA PATRIA

Los episodios del 17 de octubre de 1945 han sido relatados una y mil veces por historiadores y protagonistas. Al punto que es fácil caer en la reiteración. Existen, de todos modos, temas relevantes, que todavía se prestan a debate
La importancia del suceso. Nada menos que la irrupción de la clase trabajadora en la condición de protagonista de nuestra historia, y lo rico de muchas de las descripciones existentes hace que uno se limite a sintetizar los hechos principales, presentar sus puntos de vista y eche mano de algunos de los más ricos testimonios.
“Yo hice el 17 de Octubre”, afirma con escasa modestia y dudoso acierto el venerable Cipriano Reyes. ¿Quien lo organizó, en realidad? “¡Que se yo Nadie...Todos...” fue la respuesta que dio a esa pregunta de Arturo Jauretche el puntero de Gerli Pedro Arnaldi, cuando el martes le dio la primicia. “La gente se viene para Buenos Aires”, le contó al líder de FORJA, que se desayunaba en ese momento, “Todos están con Perón”
“La cosa”, dice Félix Luna, “había empezado bien temprano, a la hora en que los obreros van llegando a las fábricas con la bronca del madrugón y el sabor amargo del mate en la boca. Pero esta vez no entrarían. Una consigna transmitida casi telepáticamente los detenía en los ingresos, los iba agrupando afuera y los fue sacando hacia las avenidas.”

“En la mañana” –contaba Ángel Perelmen-“...vinieron a buscarnos al Sindicato....unos compañeros de Barracas.

-¿Que pasa?

-En Avellaneda y Lanús la gente se está viniendo al centro...No sabemos quien lanzó la consigna, pero toda la gente está marchando hace algunas horas hacia Buenos Aires.

-Pero la CGT...dio la orden de la huelga general. ¿Qué es esta marcha?

- No sabemos. La cosa viene sola. Algunas fábricas que estaban trabajando...han parado el trabajo, pero los hombres, en vez de irse a la casa, enfilan hacia Plaza de Mayo.”

“Había comenzado ya la histórica jornada del 17 de octubre” dice Fermín Chávez, “con su epopeya popular, sin parangón en la historia política contemporánea. El día en que el pueblo irrumpió con toda la carga de viejas injusticias y de justos resentimientos contra la Argentina oficial. Una rebelión que pudo ocurrir en cualquier momento, empujando a los dirigentes desde abajo, porque el peronismo de octubre fue, por sobre todas las cosas, la realidad que se alzaba contra las formas racionales que le habían sido impuestas desde arriba, en la década del 80. Era en suma la faz escondida de la Argentina: la parte grande del témpano, inmersa y oculta bajo la línea de flotación...Faz que los viejos políticos y la intelligentzia desconocían y ni podían imaginar siquiera.”
Recuerda Leopoldo Marechal: “Era muy de mañana...El coronel Perón había sido traído ya desde Martín García...De pronto me llegó desde el oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavia: el rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular y en seguida su letra: ‘Yo te daré / te daré, Patria hermosa / te daré una cosa / una cosa que empieza con P / ¡Peroooon!’ Y aquel ‘Perón’ retumbaba como un cañonazo...Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi reconocí y amé a los miles de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina ‘invisible’ que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas y que no bien las conocieron les dieron la espalda.”
La alegría y los cánticos. Esa era la característica identificatoria de los que desembarcaban en una ciudad que los miraba con temor y desconfianza. Perón no es un comunista / Perón no es un dictador / Perón es hijo del pueblo / y el pueblo está con Perón.
Américo Ghioldi, entre la poesía y los análisis sociológicos, intentaba explicar los hechos, seis días después: “En los bajos y entresijos de la sociedad hay acumuladas miseria, dolor, ignorancia, indigencia más mental que física, infelicidad y sufrimiento. Cuando un cataclismo social o un estímulo de la policía moviliza las fuerzas latentes del resentimiento, cortan todas las contenciones morales, dan libertad a las potencias incontroladas, la parte del pueblo que vive ese resentimiento y acaso para su resentimiento, se desborda en las calles, amenaza, vocifera, atropella , asalta a diarios, persigue en su furia demoníaca a los propios adalides permanentes.”
Otra forma de cataclismo fue la que vio Raúl Scalabrini Ortiz. “Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad. Un hálito áspero crecía en las densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, el tejedor, la hilandera y el empleado de comercio. Era el subsuelo de la patria sublevada. Era el simiento básico de la Nación que asomaba como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto...eran los hombres que están sólos y esperan, que iniciaban sus tareas de reivindicación.”

EVITA Y EL 17

A esta altura el debate sobre la participación de Evita Duarte en la organización de la jornada de octubre resulta ocioso.
No tiene valor alguno la leyenda que la pone a la cabeza de los trabadores o la hace circular por los gremios, lanzando consignas. Evita no tenía en octubre de 1945 ni la experiencia que ganaría aceleradamente en los años siguientes, ni mucho menos las relaciones políticas y sindicales indispensables.
Tuvo que seguir los acontecimientos por radio y, sólo después de medianoche pudo reunirse con Perón.
A medio día la multitud en la Plaza era de varios miles. Algunos uniformados preocupados pretendían que la policía la desalojara, pero era evidente la actitud complaciente de ésta.
José María Rosa, que se había acercado, tal vez con más curiosidad que otra cosa, cuenta que oyó “consignas nacionalistas -nuestras consignas- que me desconcertaron porque no imaginaba que hubieran gente de bromas infantiles y procederes hidalgos,...que atravesaba el Riachuelo a nado, que venía de los más apartados arrabales para jugarse por un amigo, era mi gente, sentía la vida como yo, tenía mis valores, no se manejaba por palabras sino por realidades: era el pueblo, era mi pueblo, el pueblo argentino,...tantas veces
mencionado en los programas de los partidos políticos y en los editoriales de los diarios...No era una entelequia: era algo real y vivo. Comprendí donde estaba el nacionalismo. Me vi multiplicado en mil caras, sentí la inmensa alegría de saber que no estaba sólo, que éramos muchos.”
El embajador Sir David Kelly recibió el pedido de los gerentes de los ferrocarriles ingleses de quejarse al gobierno porque los trabajadores abandonaban sus tareas. “En la tarde de ese día decidí que era necesario ir a la Casa Rosada para decir que debían asumir la responsabilidad de proteger los ferrocarriles. Debo confesar que me impulsaba asimismo una enorme curiosidad por saber que estaba pasando. Al acercarme a la Casa Rosada había un cordón de policía montada, pero no hacía esfuerzo alguno por impedir el paso de la gente ni se metía para nada con la multitud. El chofer quería retroceder y tuve que insistir para que siguiera adelante a muy poca velocidad. Tal como lo había esperado la multitud nos dio paso, no bien vio la bandera inglesa, limitándose a gritar en forma amistosa: ‘¡Abajo Braden! ¡Viva Perón!’. Llegué a la Casa Rosada y el ministro de Marina (el único que estaba en ese momento) me prometió que haría todo lo posible en el asunto de los ferrocarriles; pero por el momento ni el mismo estaba seguro de lo que estaba sucediendo.”
Ni siquiera Perón estaba seguro. Las noticias que le llegaban al Hospital Militar hablaban de cientos de miles ocupando la Plaza de los grandes acontecimientos. Frente al Hospital, una manifestación de avisados, enterados de la presencia del coronel demostraba la veracidad de las noticias. Entre las visitas que recibió estuvo un preocupado, ¿arrepentido?, Avalos. No se sabe qué conversaron, aunque se vio al ministro gesticular ampulosamente. Perón no se recordaba cuando Luna le preguntó.
“...A Avalos lo vi en la Casa de Gobierno. Al menos no recuerdo haberlo visto a Avalos en el Hospital Militar. El que vino a verme fue el general Pistarini, de parte de Farrell. Yo le dije ‘mire, yo hago lo que ustedes quieran...No soy una manzana de la discordia...Ustedes han hecho un disparate y ahí tienen las consecuencias...
Entonces me llevaron a la Casa de Gobierno. Cuando llegué allí me encontré con Farrell, los ministros, los generales, etc. Me dijo Farrell: ‘Bueno, Perón, ¿qué pasa?’ Yo le contesté:

- Mi general, lo que hay que hacer es llamar a elecciones de una vez. ¿Que están esperando? Convocar a elecciones y que las fuerzas políticas se lancen a la lucha...

- Eso ya está listo - me contestó - y no va a haber problemas.

- Bueno, entonces me voy a mi casa...

- ¿No, déjese de joder! -me dijo y me agarró de la mano- esta gente está exacerbada, nos van a quemar la Casa de Gobierno...Venga, hable.

Entonces fui al balcón y hablé lo que pude improvisar en aquel momento. Imagínese, ni sabía lo que iba a decir...¡tuve que pedir que cantaran el Himno para poder armar un poco las ideas! Y así salió aquel discurso.”
Antes de la llegada de Perón, Avalos había intentado utilizar al coronel Mercante, conocido de los trabajadores, para calmar a la multitud. Mercante, desde el balcón, recibió la orden de que le dijera a la gente que Perón estaba a salvo. Sabiendo que otros trabajadores venían camino a la plaza tomó el micrófono y comenzó su discurso con las palabras “El general Avalos”. La multitud lo obligó a callarse y no lo dejó continuar. Mercante se encogió de hombros y Avalos empezó a hervir.
La farsa continuó cuando Eduardo Colom sorpresivamente apareció en el balcón. El editor de La Epoca , el único periódico que apoyaba a Perón, agitó un ejemplar de la última edición y pidió permiso para dirigirse a la masa. Mientras Avalos titubeaba, el temperamental Colom tomó el micrófono. ‘Compatriotas’, comenzó, ‘el general Avalos me anuncia que el coronel Perón está en libertad.’ ‘No lo creemos’, fue la respuesta del coro. ‘Yo tampoco’, continuó el periodista, ‘pero voy al Hospital Militar donde me espera, y dentro de quince minutos lo traeré a este balcón. En tanto nadie se mueva.’”
Pasadas las once de la noche, Perón apareció, acompañado por Farrell, en el balcón. “Al ver su inconfundible figura, la imagen que durante toda la jornada había reclamado la gente, estalló una ovación que duró un cuarto de hora.”
El presidente pudo decir unas palabras, entre cánticos e interrupciones de la multitud, que no le mostraba hostilidad gritando “Farrell y Perón / un sólo corazón.” La plaza entera cantó el Himno Nacional y, por fin, “Una explosión de multitud saludó su primera palabra:

-¡Trabajadores!

De allí en adelante no fue un discurso sino un diálogo lo que se oyó. En la Plaza de Mayo hubo una comunión de amor y fidelidad consagrada una y cien veces por la multitud.”1
“...hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida; la de ser soldado, la de ser un patriota, y la de ser el primer trabajador argentino. Hoy, a la tarde, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro del servicio activo del Ejército. Con ello he renunciado voluntariamente al más insigne honor a que puede aspirar un soldado: llevar las palmas y laureles de general de la Nación. Ello lo he hecho porque quiero seguir siendo el coronel Perón, y ponerme con ese nombre al servicio integral del auténtico pueblo argentino.
Dejo el honroso uniforme que me entregó la patria, para vestir la casaca del civil y mezclarme con esa masa sufriente y sudorosa que elabora el trabajo y la grandeza de la patria. Por eso doy mi abrazo final a esa institución que es el puntal de la patria: el Ejército. Y doy también el primer abrazo a esta masa grandiosa, que representa la síntesis de un sentimiento que había muerto en la República: la verdadera civilidad del pueblo argentino. Esto es pueblo...

-¡Es el pueblo! ¡Es el pueblo!

Esto es el pueblo sufriente, que representa el dolor de la tierra madre, que hemos de reivindicar. Es el pueblo de la patria. Es el mismo pueblo que en esta histórica plaza pidió frente al Congreso que se respetara su voluntad y su derecho. Es el mismo pueblo que ha de ser inmortal, porque no habrá perfidia ni maldad humana que pueda estremecer a este pueblo grandioso en sentimiento y número.

-¿Donde estuvo? ¿Donde estuvo?

Muchas veces he asistido a reuniones de trabajadores. Siempre he sentido una enorme satisfacción; pero desde hoy sentiré un verdadero orgullo de argentino, porque interpreto este movimiento colectivo, como el renacimiento de una conciencia de los trabajadores, que es lo único que puede hacer grande e inmortal a la patria.
Hace dos años pedí confianza. Muchas veces me dijeron que ese pueblo a quien yo sacrificaba mis horas de día y de noche, habría de traicionarme. Que sepan hoy los indignos farsantes que este pueblo no engaña a quien lo ayuda.

-¡Nunca! ¡Nunca!

Por eso, señores, quiero en esta oportunidad, como simple ciudadano, mezclarme en esta masa sudorosa, estrecharla profundamente con mi corazón, como lo podría hacer con mi madre.

-¿Donde estuvo? ¿Donde estuvo?

Preguntan ustedes donde estuve: estuve realizando un sacrificio que lo haría mil veces por ustedes. No quiero terminar sin lanzar mi recuerdo fraternal y cariñoso a nuestros hermanos del interior, que se mueven y palpitan al unísono con nuestros corazones desde todas las extensiones de la patria.
Y ahora llega la hora, como siempre, para vuestro secretario de Trabajo y Previsión, que fue y seguirá luchando al lado vuestro por ver coronada esa era que es la ambición de mi vida: que todos los trabajadores sean un poquito más felices.

-¿Donde estuvo? ¿Donde estuvo?

Ante tanta nueva insistencia les pido que no me pregunten ni me recuerden lo que hoy yo ya he olvidado. Porque los hombres que no son capaces de olvidar no merecen ser queridos y respetados por sus semejantes. Y yo aspiro a ser querido por ustedes y no quiero empañar este acto con ningún mal recuerdo.
Pido también a todos los trabajadores amigos que reciban con cariño este inmenso agradecimiento por las preocupaciones que todos han tenido por este humilde hombre que hoy les habla. Por eso hace poco les
dije que los abrazaba como abrazaría a mi madre, porque ustedes han tenido los mismos dolores y los mismos pensamientos que mi pobre vieja habrá sentido en estos días.

-¡Un abrazo para la vieja!

Se que se había anunciado un movimiento obrero; ya ahora, en este momento, no existe ninguna causa para ello. Por eso les pido como un hermano mayor que retornen tranquilos a su trabajo. Y piensen. Hoy les pido que retornen tranquilos a sus casas...

-¡Mañana es San Perón!

Y por única vez...ya que nunca lo pude decir como secretario de Trabajo y Previsión...les pido que realicen mañana el día de paro...

-¡Mañana es San Perón!

...festejando la gloria de esta reunión de hombres de bien y de trabajo, que son la esperanza más pura y más cara de la patria.

Recuerden que entre todos hay numerosas mujeres obreras, que han de ser protegidas aquí y en la vida por los mismos obreros, y, finalmente recuerden que estoy un poco enfermo de cuidado, y les pido que recuerden que necesito un descanso que me tomaré en el Chubut. Ahora para reponer fuerzas y volver a luchar codo a codo con ustedes, hasta quedar exhausto si es preciso.
Pido a todos que nos quedemos por lo menos quince minutos más reunidos, porque quiero estar desde este sitio contemplando este espectáculo que me saca de la tristeza que he vivido estos días.”

Enrique Manson
Octubre de 2015

PROLOGO DE LA RAZÓN DE MI VIDA


Este libro ha brotado de lo más íntimo de mi corazón.
Por más que, a través de sus páginas, hablo de mis
sentimientos, de mis pensamientos y de mi propia vida, en todo
lo que he escrito, el menos advertido de mis lectores no
encontrará otra cosa que la figura, el alma y la vida del
General Perón y mi entrañable amor por su persona y por su
causa.
Muchos me reprocharán que haya escrito todo esto
pensando solamente en él; yo me adelanto a confesar que es
cierto, totalmente cierto.
Y yo tengo mis razones, mis poderosas razones que
nadie podrá discutir ni poner en duda: yo no era ni soy nada
más que una humilde mujer... un gorrión en una inmensa
bandada de gorriones ... Y él era y es el cóndor gigante que
vuela alto y seguro entre las cumbres y cerca de Dios.
Si no fuese por él que descendió hasta mí y me enseñó a
volar de otra manera, yo no hubiese sabido nunca lo que es un
cóndor ni hubiese podido contemplar jamás la maravillosa y
magnífica inmensidad de mi pueblo.
Por eso ni mi vida ni mi corazón me pertenecen y nada
de todo lo que soy o tengo es mío. Todo lo que soy, todo lo que
tengo, todo lo que pienso y todo lo que siento es de Perón.
Pero yo no me olvido ni me olvidaré nunca de que fuí
gorrión ni de que sigo siéndolo. Si vuelo más alto es por él. Si
ando entre las cumbres, es por él. Si a veces toco casi el cielo
con mis alas, es por él. Si veo claramente lo que es mi pueblo y
lo quiero y siento su cariño acariciando mi nombre, es
solamente por él.
Por eso le dedico a él, íntegramente, este canto que,
como el de los gorriones, no tiene ninguna belleza, pero es
humilde y sincero, y tiene todo el amor de mi corazón.
E V A P E R O N