martes, 15 de septiembre de 2015

Fuerte debate y reflexión sobre identidad.Con las mujeres, los pueblos originarios, estudios sobre los Derechos Humanos e integración regional como ejes centrales.

Estuvo de visita en Posadas la coordinadora del programa universitario de Historia Argentina y Latinoamericana, Malvina Rodríguez, quien explicó a PRIMERA EDICIÓN la visión y el propósito de la Diplomatura en Historia, una capacitación gratuita que se brindó el sábado en la Facultad de Humanidades de la Unam con la visita del magistral Enrique Manson. 
“Los ejes puestos en el centro de atención son las mujeres, los pueblos originarios, los estudios sobre Derechos Humanos, la integración regional y los relatos e historias locales, algo que hasta ahora no habían  sido los temas principales de debate en las academias y que creemos, son fundamentales para la comprensión de nuestra identidad argentina y latinoamericana”, sostuvo al tiempo que destacó “el propósito central de promover y fortalecer la formación, extensión, investigación, comunicación y publicaciones en el campo de la historia de nuestro país y continente”.

Todas las actividades que se desarrollan con esta expectativa se inscriben desde el Proyecto Universitario de Historia Argentina y Latinoamericana (Puhal), avalado por la Secretaría de Políticas Universitarias. 

“Surge en noviembre de 2014, respondiendo a la inquietud de varias universidades, y de otras entidades como en Instituto Dorrego, de encontrar espacios de debate y reflexión con carácter federal, amplio y disciplinario para repensar las enseñanzas sobre la historia que se están viendo en las aulas en todos los niveles de educación”, explicó Rodriguez.

En este marco, en 2015 se comienza con dos importantes acciones, una de ellas una convocatoria a todas las universidades nacionales públicas, tras la cual quedaron seleccionados 21 proyectos de investigación y extensión desde esta propuesta de reformulación crítica de la historiografía dominante, a través de publicaciones audiovisuales de distinta índole. En forma paralela se organizó junto con historiadores del Instituto Dorrego y otros docentes de universidades nacionales, la diplomatura en historia argentina y latinoamericana, que se dicta en doce universidades argentinas que recorre todo el territorio de norte a sur, de este a oeste, y que en Posadas culmina a fin de mes.

Los contenidos van desde la historia de los pueblos originarios hasta la actualidad, inclusive una reflexión sobre los últimos treinta años de democracia.

Enfoques y desafíos

“Con la Diplomatura hemos alcanzado a unos dos mil estudiantes y profesores de la carrera de Historia y se ha dado de una manera interesante, la posibilidad de fomentar un enfoque multidisciplinario, ya que no sólo llega a historiadores sino a sociólogos, comunicadores, estudiantes y profesionales de las Ciencias Políticas y el Derecho”, se explayó la doctora Rodríguez.

El contenido que se está produciendo, en sus soportes gráficos y audiovisuales podrán ser divulgados mediante soportes gráficos y audiovisuales, “porque una de las finalidades es dejar armada una videoteca con todas las conferencias y trabajos”, contó la mujer .

Expresó Rodríguez: “Todo lo que se está haciendo fomenta además la realización de un congreso federal camino al bicentenario de la independencia argentina, entendiendo que el Bicentenario del Congreso de los pueblos libres, celebrado el 29 de junio de 1815, es una de las acciones claves que nos llevan al acto de la declaración de la independencia el 9 de julio de 1816”. 

“El año que viene, cuando nos encontremos todas en Tucumán, cada universidad, inserta en su región le irá dando su impronta al desafío de reflexionar sobre la declaración de la independencia vinculándola con temas actuales como la integración regional, la construcción de la identidad y la noción de ciudadanía”.

“La historia es una ciencia que está implicada en todas las disciplinas, por eso su manejo es fundamental para la formación del profesional y también para la construcción de la identidad ciudadana”.
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Enrique Manson en Misiones

Estará de visita para disertar en el marco de la Diplomatura en Historia argentina y latinoamericana que se está desarrollando en el aula Magna de la Facultad de Humanidades, en conjunto con otras doce universidades nacionales.
En el ámbito local, coordinan la propuesta los docentes Alberto Alcaraz, Luciana Toledo y Pablo Camogli, a cargo de la lectura de los trabajos prácticos, la interpretación de los textos y las actividades que, a nivel nacional, están organizadas en doce disertaciones especializadas. 

La de este sábado, para la cual se previó la presencia de Manson, será la décima clase, las anteriores se habían realizado con la metodología de videoconferencia, como alternativa tecnológica para acercar los debates históricos a los distintos participantes, principalmente en aquellas regiones vinculadas a las universidades alejadas del centro del país que están dentro del proyecto. 

Esta oferta de pregrado gratuita, que se espera repetir el año entrante “tuvo una excelente aceptación y responde a la demanda creciente tanto de estudiantes como de egresados de las universidades nacionales y públicas que ofrecen profesorados en Historia así como carreras afines a la temática”, especificó el historiador Alcaraz. “Lo novedoso en el ámbito de la capacitación docente es que se trata de capacitación de calidad pública y gratuita”, sostuvo. 

La Diplomatura se enmarca en el proyecto  de la Secretaría de Políticas Universitarias y propicia la reformulación crítica de la “historiografía dominante” que, en particular desde las universidades, ha excluido o distorsionado de sus programas y contenidos a procesos, acontecimientos y actores individuales y colectivos fundamentales para comprender la historia nacional y latinoamericana, como los que involucran a pueblos originarios, minorías étnicas y culturales, movimientos de resistencia, etcétera. 
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PRIMERA EDICIÓN : DIARIO DE MISIONES

PRIMERA EDICIÓN : DIARIO DE MISIONES
REVISIONISMO HISTÓRICO
Conferencia de Enrique Manson, discípulo de José María Rosa
Prosigue hoy sábado 12 de septiembre la décima clase de la Diplomatura en historia que se dicta en la Facultad de Humanidades de la Unam, Tucumán entre San Lorenzo y Colón.

Reformulación crítica. La visita de Manson se producirá en el marco de una capacitación para historiadores.

La propuesta es reformular críticamente la historiografía dominante en el sistema cultural, educativo y comunicacional argentino en proyección latinoamericana.



Se contará, en esta oportunidad, con la notable visita del prestigioso académico Enrique Manson, profesor e historiador argentino, discípulo de José María Rosa, uno de los historiadores más representativos del revisionismo histórico en este país.



El Proyecto Universitario de Historia Argentina y Latinoamericana es una capacitación gratuita, avalada por la Secretaría de Políticas Universitarias.



Coordinan la propuesta, en el ámbito local, los docentes Alberto Alcaraz, Luciana Toledo y Pablo Camogli, quienes han estado a cargo de la lectura de los trabajos prácticos, la interpretación de los textos y las actividades que, a nivel nacional, fueron organizadas en doce disertaciones especializadas, la mayoría con la modalidad de videoconferencia.






EL CAMINO HACIA EL INFIERNO II

19 de setiembre de 2010 (Agencia Federal de Noticias)  
Perón se traslada de la cañonera Paraguay al hidroavión Catalina en que volaría a Asunción
A su lado, el canciller golpista Mario Amadeo. 
Este lo sostuvo, cuando el Tirano prófugo trastabilló, y evitó que cayera al agua. Esto le ganaría la calificación de traidor por muchos antiperonistas
De la cúspide al conflicto
En 1954, superada la crisis económica y después de ganar por dos tercios de los votos la elección de vicepresidente, el gobierno peronista parecía haber alcanzado la cúspide de su éxito. Pero, según dice Félix Luna : “esta monolítica estructura se desplomaría a la vuelta de un año. Y no por ataques externos, sino por los asombrosos errores de su propio constructor.” Ese año estalló el conflicto con la Iglesia, y Luna se pregunta “¿Que motivaciones pudieron haber inspirado a Perón para insistir con una política tan insensata?... (la explicación) debe plantearse, más bien, en términos psicológicos: quizá haya que buscarla en esos agotadores nueve años de presidencia, en el ambiente de obsecuencia que lo rodeaba, en el reiterado ejercicio de un poder absoluto.” 
Para alguna bibliografía la causa del enfrentamiento fue el tema de la juventud. El desarrollo de la Unión de Estudiantes Secundarios, a la que Bonifacio del Carril llama una forma de “halagar las bajas pasiones del dictador”, era competencia con la Acción Católica Argentina en el encuadramiento de los jóvenes. Pero a pesar de lo que pudo haber influido, no parece suficiente para explicarlo.
Para el pensador católico Carlos Chiessa, “a partir del segundo gobierno justicialista (1952), el proceso revolucionario se profundizará,” en lo que Perón había llamado la Comunidad Organizada. Era una institucionalidad diferente, que sin excluir las instituciones de la Constitución, propias de la democracia liberal, incorporaba otras que correspondían a los sectores de la sociedad. Así nacieron la CGP y la CGU que se sumaron a las ya existentes CGT y CGE. “El Movimiento Justicialista...tuvo una concepción propia acerca del papel de la Iglesia… Aquí reside una de las claves de este problema”. 
A su vez la Iglesia tenía su propio proyecto de inserción social a través de organizaciones de profesionales católicos, así como de una penetración (“infiltración”, la llamaría el peronismo) en los gremios, y no estaba dispuesta a encuadrarse en la institucionalización propuesta.

El conflicto entre la Iglesia y el Estado ha sido tan antigua como mundo cristiano. En el caso de la Argentina Justicialista, la condición cristiana, pero no confesional, del Movimiento Peronista, generaba ámbitos de disidencia. A su vez, en Roma, gobernaba un Pontífice político, Pío XII. Preocupado por la reconstrucción de Europa, tras la Guerra fue “un crítico agudo del proyecto cientificista y tecnocrático capitalista, advierte el incremento y amenaza del poder soviético y pone su atención en las reservas de la Iglesia: España, América Latina y las dinámicas misiones africanas.”
Estallado el conflicto, el peronismo sufrió al mismo tiempo una sangría de católicos que se alejaban y el debilitamiento de las convicciones de muchos que quedaron adentro. Este debilitamiento fue importante en la oficialidad de las fuerzas armadas.
Tras el cruento bombardeo de Plaza de mayo, el Líder llamó a la pacificación, y declaró concluida la Revolución Justicialista, por lo que terminaba la situación de excepción y se entraba en una etapa de normalidad, por lo que se permitió el acceso a las radios de los políticos opositores. Al asumir Oscar Albrieu el ministerio del Interior le dijo al presidente que si se trataba de reprimir, que llamara a otro. Perón lo tranquilizó: “dígale a su amigo Frondizi que no voy a presentarme a otra reelección en 1958.”
Pero la respuesta no fue la esperada. Los políticos exigieron por radio la renuncia del primer mandatario, y los comandos civiles se entretuvieron asesinando vigilantes en las esquinas. La conspiración siguió adelante.
El 31 de agosto, considerando que la pacificación había fracasado, Perón ofreció su renuncia, lo que fue rechazado por una manifestación popular en la Plaza de Mayo. De la larga alocución de esa tarde, los enemigos del gobierno sólo rescatarían las palabras más violentas, especialmente la frase que anunciaba: “¡Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos!” Sin embargo, esta terrible amenaza no se cumpliría, aunque serviría para convencer a los conspiradores que todavía estuvieran dudando.
El 16 de septiembre se inició el levantamiento. La reacción militar permitió que los principales focos fueran acorralados. Pero la marina anunció que si Perón no renunciaba, los cañones navales destruirían la destilería de YPF en Eva Perón (La Plata), amenazando con ataques sobre otros puntos del Gran Buenos Aires. Después de lo ocurrido en junio, no había motivos para pensar que se trataba de una bravata. 
No  faltó quien propuso que se llevara a los lugares elegidos como blancos a los familiares de los bravos marinos, pero el presidente desechó la idea. Por el contrario, el día 19 presentó una nota en que ofrecía su renuncia si era la condición para evitar la guerra civil. A las 2 de la mañana del 20, “Perón llamó a Atilio Renzi (mayordomo de la Residencia Presidencial) y le dijo: ‘Mire, Renzi, me voy’. Ordenó algunos papeles, tomó el dinero que éste le había reunido, se entregó unas horas al descanso y, alrededor de las 8, partió rumbo a la Embajada del Paraguay.” Desde ahí sería llevado, por seguridad, a una cañonera de esa bandera que estaba en reparaciones en el puerto, para partir luego en avión a Asunción.
¿Por qué se fue?
Desde ese día de 1955 han sido tema de debate los motivos de que el General no aprovechara su superioridad militar y su inmensa popularidad, para aplastar a los rebeldes. Naturalmente, sus enemigos se llenaron la boca con su presunta cobardía. A esto contestó a Félix Luna: “-¿Cobarde?-nos dijo en Madrid, en 1968-. ¡Si los generales nunca mueren en las batallas, nunca mueren con las botas puestas! Ellos no pelean; mandan que peleen los soldados!”

Desde una interpretación marxista, Milcíades Peña va más allá que la mera cobardía, aunque no la excluye: “En verdad, no fue la matanza lo que Perón trató de evitar, sino el derrumbe burgués que podría haber acarreado el armamento del proletariado. La cobardía personal del líder estuvo perfectamente acorde con las necesidades del orden social del cual era servidor (…) La caída ingloriosa del régimen peronista dio lugar, pues, a gérmenes de una insurrección obrera. Diez años de educación política peronista y el ejemplo de la dirección peronista se encargaron de que esos gérmenes no prosperaran.” 
Más personalizada es la interpretación de José Pablo Feimann, un ex joven peronista que muchas veces hace pensar en enojos de adolescente con su padre: “Que quede claro: Perón se va con un Ejército que le sigue siendo leal y es superior al enemigo. Con una CGT decidida a la lucha. Y con los obreros que se habían olvidado de los amparos del Estado de Bienestar y se la jugaban por él. Lo que falla es la conducción. … La conducción huye. … ¿Perón quiso evitar una guerra civil? ¿Fue víctima de sus condicionamientos de clase? … Si fue un líder combativo, ¿no tenía esa combatividad los límites de la coalición militar, empresarial, burguesa y proletaria que le dio textura? Todo eso es posible. Una cosa fue real: en septiembre de 1955, a todos los que salieron a pelear, el conductor los dejó solos… Todos querían pelear, pero el jefe los abandonó.” 
Nos preguntamos: ¿todos querían pelear? Perón estaba desgastado, seguramente, por diez años de gobierno personal. Con más razón, luego de la muerte de Evita, que no era una revolucionaria contradictoria del general facho, sino su única interlocutora válida desde una posición de la más estricta lealtad. Pero eran muchos los que estaban desgastados por diez años de combate permanente. Por que si la Revolución Justicialista no era revolución para ciertas categorías académicas, sí lo era para sus enemigos que la combatieron con saña. 

Dijimos que el conflicto con la Iglesia había debilitado lealtades militares. El general Alberto Morello era el jefe militar de Córdoba, y como el marqués de Sobremonte en 1806, estaba viendo una función de teatro. Y como el virrey de la mala fama, no creyó en la importancia de los informes y se fue a dormir. Durante su sueño, los revolucionarios se apoderaron del comando de la Escuela de Artillería, con lo que provocaron un desagradable despertar al jefe de ésta, coronel Juan B. Turroni, quien también dormía y que fue herido al intentar resistirse. Años después Morello diría : “Sinceramente,… pensé que Lucero estaría muy nervioso y que por eso llamaba; jamás supuse que los militares se alzarían contra el Gobierno, pues sólo se esperaba un levantamiento civil.”
Las tropas que debían reprimir la rebelión estaban al mando del general José María Epifanio Sosa Molina. Su disposición para la lucha parece expresarse con comentarios como este: “Nadie hablaba de revolución, porque con la frustrada intentona de Videla Balaguer en Río Cuarto pensamos que habría paz por largo tiempo.”
Quedaba la CGT y las posibles milicias obreras. Pero la central, al menos sus líderes de entonces, aconsejaron a los trabajadores mantenerse en calma. Al día siguiente de la derrota insistieron sosteniendo “la necesidad de mantener la más absoluta calma y continuar las tareas”. Recién ante el golpe interno que desplazó a Lonardi se manifestarían como no lo habían hecho al caer Perón.
Norberto Galasso, a quien Feinmann acusa de juzgar desde un punto de vista demasiado peronista critica “La miopía de los analistas políticos liberales (que) los llevará a juzgar que la renuncia se origina en la supuesta cobardía del General. No observan los movimientos profundos de las aguas que son los que explican las olas y la espuma: ese frente policlasista que sostenía a Perón –Iglesia, empresarios, Ejército, trabajadores- se ha desintegrado, y su conductor, ya sin sustento, no tiene otra alternativa que abandonar el escenario de la política argentina.” Y Joseph Page, en su lúcida interpretación del personaje y de la época, se acerca a las verdaderas causas cuando dice: “¿Por qué abandonó Perón su puesto sin luchar? La victoria militar parecía estar al alcance de la mano, especialmente considerando la inminente derrota de Lonardi en Córdoba. Sin embargo, el levantamiento de la marina en su totalidad, el control de un sector del territorio por parte de los rebeldes en Cuyo y el compromiso asumido por muchos civiles de combatir el gobierno hasta su derrumbe hacen pensar que la caída de Córdoba no hubiera significado la terminación de la guerra civil. Por todo ello, Perón debe haber llegado a la conclusión de que si el conflicto se prolongaba indefinidamente le hubiera sido imposible triunfar. 
…Aun en el caso en que él hubiera efectivamente pensado que podía aplastar la rebelión, Perón pudo haber optado por alejarse. A menudo se refería a la terrible tragedia de España –cuyas consecuencias él había tenido oportunidad de ver con sus propios ojos- como una razón suficiente para evitar un holocausto similar en la argentina. El sabía muy bien lo que hacía falta para derrotar a los rebeldes en una guerra prolongada pero, asimismo, percibía lo que se necesitaría para gobernar el país una vez concluido el conflicto. Sólo iba a ser posible una dictadura férrea; él no iba a poder hacer el papel de moderador, de arquitecto de la unidad nacional, de conductor de una ‘comunidad organizada’. No valía la pena luchar para obtener ese tipo de victoria: por eso abdicó.” 
La lectura equivocada del General
Más de una vez hemos dicho que quienes nos dedicamos a la historia tenemos una ventaja inapreciable sobre los politólogos, sociólogos y, sobre todo, protagonistas de los hechos pasados. Jugamos al Prode con el diario del lunes. Desde ahí nos atrevemos a decir que, aunque no sabemos que hubiera ocurrido de haber procedido Perón de otra manera, creemos que equivocó el diagnóstico.
“Estallada la revolución, el día 18 de septiembre la escuadra sublevada amenazaba con el bombardeo de la ciudad de Buenos Aires y de la destilería de Eva Perón (La Plata, EM), después del bombardeo de la ciudad balnearia de Mar del Plata. Lo primero, de una monstruosidad semejante a la masacre de la Alianza ; lo segundo, la destrucción de diez años de trabajo y la pérdida de cientos de millones de dólares. Con este motivo llamé al Ministro de Ejército, General Lucero, y le dije: `Estos bárbaros no sentirán escrúpulos en hacerlo, yo no deseo ser causa para un salvajismo semejante.´ Inmediatamente me senté al escritorio y redacté una nota que es de conocimiento público y en la que sugería la necesidad de evitar la masacre de gente indefensa e inocente, y el desastre de la destrucción, ofreciendo, si era necesario, mi retiro del gobierno.” 
“Yo no me arrepiento de haber desistido de una lucha que habría ensangrentado y destruido al país. Amo demasiado al Pueblo y hemos construido mucho en la Patria para no pensar en ambas cosas.” 
En declaraciones periodísticas realizadas años después, Perón sostuvo que había preferido evitar una guerra civil y por eso había abandonado la lucha cuando tenía las mayores posibilidades de ganarla. La exaltación de los odios se centraba, creía, en su persona. Dejando la presidencia, y más allá de los abusos inevitables y las pequeñas venganzas que seguirían al establecimiento del poder revolucionario, lo fundamental de la obra de su gobierno habría de mantenerse. Tal vez más adelante, cuando las pasiones se acallaran y cuando los errores de los gobiernos sucesivos pusieran en evidencia las virtudes del derrocado, seguramente regresaría para ser reconocido y gobernar sin la oposición exaltada del ´55.
Perón se equivocó en el diagnóstico. Seguramente el agotamiento psíquico y físico por su largo gobierno en soledad, en una soledad que se había incrementado hasta el vacío con la muerte de Eva, había disminuido su espíritu de lucha. Pero no parece injusto concederle el beneficio de la duda cuando explicaba que fue el temor a que la Argentina sufriera las consecuencias de una guerra civil como la que él había visto en España, lo que lo llevó a ofrecer su retiro del poder

No era la primera vez que buscaba una salida de ese tipo. El 31 de agosto, al comprobar que su llamado a la pacificación no había tenido éxito, se había hecho eco del reclamo de la mayor parte de los dirigentes opositores y había ofrecido su renuncia a la presidencia. Por la tarde, ante la multitud reunida en Plaza de Mayo para exigirle que la retirara, lo hizo. Todo habría sido una maniobra, y así lo creyeron los opositores, que se decidieron, si todavía no lo habían hecho, a actuar ante el peligro. Y también lo creyeron muchos peronistas que se sintieron dolidos por el manejo de sus sentimientos que parecía hacer el presidente. Sin embargo, la inútil maniobra se parecía mucho a la conducta que Perón había tenido en 1945 cuando, estando en superioridad militar sobre los rebeldes de Campo de Mayo que pedían su renuncia no hizo lo que le aconsejaban sus colaboradores uniformados y dejó el poder para no mantenerlo por la fuerza. 
En 1945 y en agosto y septiembre de 1955 actuó con coherencia. No quiso seguir el poder, o mantenerse en él, por la fuerza militar. Siempre sostuvo que ésta es frágil y termina por quebrarse, y en todos los casos –el 17 de octubre, sus tres presidencias- su sustento político fue la voluntad popular. Además, debiéndoles el poder a los militares, se convertía en un prisionero de las fuerzas armadas. Algo de eso había ocurrido después del 16 de junio, cuando se rompió el equilibrio interno que siempre había existido entre militares, sindicalistas y otros sectores que integraban el movimiento peronista. 
No sólo Perón creyó que la Revolución Libertadora no significaría una vuelta a 1943. El mismo Lonardi, con su proyecto de peronismo sin Perón intentó que su cruzada embanderada con la consigna Cristo Vence se limitara a terminar con lo que consideraba los excesos del régimen depuesto. Había que meter presos a los ladrones y a expulsar al tirano, que en su megalomanía se dedicaba a pasear en motoneta con adolescentes y se había lanzado contra la Iglesia, pero había que mantener en pie todo lo demás. El 13 de noviembre, los ultra gorilas que lo destituyeron pusieron en evidencia que se trataba de terminar hasta con el recuerdo del peronismo.

Pero esa es otra historia.
Enrique Manson
Septiembre de 2010

EL CAMINO HACIA EL INFIERNO

1. EL CONFLICTO CON LA IGLESIA
La Iglesia y el justicialismo
Las relaciones entre la Iglesia y el peronismo habían sido más  buenas que malas. Fuera de la antipatía de algunos sacerdotes y miembros de la jerarquía eclesiástica cercanos a las clases altas, y de cierta reticencia del Vaticano en los primeros momentos, el Movimiento había sido reconocido como cristiano y atendía a los intereses de las mayorías, cosa que veían de cerca los curas de las barriadas humildes. La institución eclesiástica había logrado regresar a la Escuela Pública con la enseñanza religiosa, corrida por el laicismo decimonónico, y mientras el peronismo impidiera los abusos del capitalismo, estaba lejos el peligro de que los trabajadores argentinos se volcaran al comunismo.
Dentro de la jerarquía, el clero y las cabezas políticas del laicado, el peronismo encontró diferentes actitudes: el nacionalismo católico, los católicos liberales y los demócratas cristianos. 
El primero fue en un primer momento una de las fuerzas de la Revolución del 4 de junio. La declaración de guerra al Eje lo alejó de Perón, pero lo volvió a apoyar –contra Braden- en las elecciones de febrero de 1946. Parte de los nacionalistas se incorporaron al Movimiento Peronista y siguieron en él hasta el final. Otros fueron “aliados”, pero luego de la sanción de la Reforma Constitucional, comenzaron a temer un “giro a la izquierda”. El Padre Julio Meinvielle profetizaba una evolución hacia un “Marxismo criollo”. Los liberales de quienes Carlos Chiessa1se pregunta si no se trata de una “‘¿contradictio in terminis’, como suele decirse cuando se dan de patadas dos términos por ser contradictorios?”, estuvo siempre en contra. Ya en 1945 Manuel Ordóñez y la señora de Oyuela, bajo la advocación de  monseñor Miguel De Andrea lo veían como un fascismo argentino y no eran partidarios de la promoción de las masas trabajadoras. De acá surgieron los primeros demócrata cristianos, que formaban el tercer sector, aunque con el tiempo se sumaron a él hombres que habían acompañado los primeros pasos y que reconocían la importancia de su accionar social.
Perón se había presentado como un ejecutor de las enseñanzas de Cristo: “Si se interpretan mal, señalad sus defectos. Si se aplican bien, espero merecer vuestro estímulo….Nuestra religión es una religión de humildad, de renunciamiento, de exaltación de los valores espirituales por encima de los materiales. Es la religión de los pobres, de los que sienten hambre y sed de justicia, de los desheredados (...) Me enorgullece de haber logrado que a la Secretaría de Trabajo y Previsión entren todos con igualdad de derechos y de que si existen miradas de simpatías y asientos cómodos sean dedicados a quienes visten humildemente ropas, a esos descamisados ricos en la fe, pese a las asperezas de la vida, y de los cuales se ha hecho escarnio  con aviesa intención política.” 
La prédica de Meinvielle, sumó conflictos. En 1951 se reunió en Rosario  el Congreso Eucarístico Nacional. La llegada del legado pontificio monseñor Ruffini, fue inicialmente ignorada por el presidente, que se retiró a descansar con Evita a su quinta de San Vicente. Perón estaba molesto con el papa Pío XII que lo criticaba, y el desaire al legado era pontificio parecía una respuesta. A último momento, Perón y Evita fueron a Rosario, saludaron afectuosamente a Ruffini, y Evita lo paseó, ya en Buenos Aires por dependencias de la Fundación Eva Perón. El purpurado comentó que “la obra social de la señora Eva Perón es extraordinaria y estimo que no puede ser discutida”. Según testimonio del Canciller Hipólito Paz a Fermín Chávez, Evita, fervorosa católica e interlocutora respetada por el Líder, convenció a su marido del cambio de actitud. Es posible. Pero también lo es que, como tantas veces, la maniobra haya sido pensada y ejecutada por la pareja. 

El Papa político

Pese al reparto de Yalta –occidente para Washington y oriente para Moscú- en la hambreada  Europa Occidental se expandió amenazadoramente el comunismo. El peligro acercó a Pío XII y al gobierno norteamericano, y ambos apoyaron el desarrollo de los partidos demócrata cristianos  que, junto con el Plan Marshall, lograron el aplacarla la amenaza. Roma, alentada por los antiperonistas norteamericanos, encabezados por el arzobispo de Nueva York, Cardenal Spellman, pensó repetir en el Continente Católico por excelencia: América Latina. Cuando se constituyó, con católicos liberales en la Argentina, Perón lo sintió como una agresión. En la Argentina ya había una democracia cristiana y no era otra que el peronismo.2
En 1949 se formó, en Montevideo la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA). En julio de 1954, en Rosario, se constituyó la Junta Promotora de la democracia cristiana argentina, con fuerte influencia del sector liberal que seguía a Ordóñez y que patrocinaba De Andrea. “Como es de suponer, esta acción política cayó como una bomba en el peronismo, que pretendía ser, dada su colaboración y sus principios, el partido católico por excelencia. Las relaciones con la Iglesia comenzaron a agrietarse rápidamente y los asesores de extrema izquierda del peronismo comenzaron a gravitar junto a Perón.”3 
No todo el clero acompañaba estos proyectos. Las opiniones matizadas eran la característica del episcopado. El arzobispo de Rosario, Monseñor Antonio Caggiano había dicho, en febrero de 1954, “No seamos ciegos. Yo veo como vosotros los defectos e imperfecciones del momento actual; y también los he visto durante cuarenta y dos años de mi sacerdocio. Pero si vemos lo defectuoso, ¿por que no vemos lo bueno, lo que tanto afán hemos deseado y buscado, una mejor distribución de los bienes, un mayor respeto a los derechos del obrero, una distribución más justa de la tierra a las masas campesinas, un acceso de la mesa obrera a los estudios superiores del aprendizaje y mejores salarios?”4. Sin embargo, muchos obispos a partir de su directo contacto con las familias de clases altas, compartían con sus feligreses su antipatía con el peronismo. No ocurría lo mismo con los sacerdotes que desarrollaban su acción pastoral en los barrios humildes y que en la gran mayoría de los casos simpatizaban con la política social del gobierno.

La Comunidad Organizada y la Iglesia

En 1954, superada la crisis económica y después de una singular victoria –por dos tercios de los votos- en la elección de vicepresidente que consagró al almirante Alberto Teisaire, el gobierno peronista terminaba de constituir las organizaciones de representación social que daban forma concreta al proyecto de la Comunidad Organizada. Esta situación hace exclamar a Félix Luna 5: “sin embargo, esta monolítica estructura se desplomaría a la vuelta de un año. Y no por ataques externos, sino por los asombrosos errores de su propio constructor.” Buscando una explicación al asombro, la misma obra se pregunta “¿Que motivaciones pudieron haber inspirado a Perón para insistir con una política tan insensata?...(la explicación) debe plantearse, más  bien, en términos psicológicos: quizá haya que buscarla en esos agotadores nueve años de presidencia, en el ambiente de obsecuencia que lo rodeaba, en el reiterado ejercicio de un poder absoluto.”6
El tema de la juventud aparece en alguna bibliografía como causa del conflicto entre el gobierno peronista y la Iglesia. El desarrollo de la UES, que para Bonifacio del Carril era una creación del ministro de Educación Méndez San Martín “para halagar las bajas pasiones del dictador”, representaba una competencia con el de la Acción Católica Argentina en la captación de los jóvenes. El ministro no era un amigo de la Iglesia, lo que agregaba un componente personal al diferendo, y una Fiesta de la Juventud, organizada por la UES en Córdoba, habría sido saboteada por la Iglesia y los colegios católicos, lo que para muchos peronistas apareció como el problema inicial. Pese a lo que pudieron haber influido estos factores, no parecen suficientes para explicar el conflicto que se suscitaría poco después.
Para Chiessa, “a partir del segundo gobierno justicialista (1952), el proceso revolucionario se profundizará.”7  Al menos en lo que corresponde al sistema institucional de lo que Perón había llamado la Comunidad Organizada. El mismo autor recuerda que Perón convocó a “la organización institucional” que superara el “gregarismo orgánico, ...el 1º de mayo de 1954 en la Plaza de Mayo”. Pero una institucionalidad diferente, que sin excluir las instituciones de la Constitución, propias de la democracia liberal, incorporara otras que organizaran a los distintos sectores de la comunidad. Así nacían, por entonces, la CGP y la CGU que se sumarían a las ya existentes CGT y CGE. “El Movimiento Justicialista...tuvo una concepción propia acerca del papel de la Iglesia.”8Y agrega este autor: “Aquí reside una de las claves de este problema”. A su vez la Iglesia tenía su propio proyecto de inserción social a través de la Acción Católica y de las nacientes organizaciones de profesionales católicos, así como de una penetración (“infiltración”, la llamarían los sindicalistas peronistas) en los gremios, y no estaba dispuesta a encuadrarse en la nueva institucionalización.
El conflicto entre la Iglesia y el Estado ha resultado históricamente inevitable en el mundo cristiano. Por definición, ambos se consideran sociedades perfectas, lo que impide que reconozcan subordinación alguna a otra entidad9. En el caso de la Argentina Justicialista, la condición cristiana, pero no confesional, del Movimiento gobernante, generaba permanentemente ámbitos de disidencia. Al mismo tiempo, en Roma, gobernaba un Pontífice sumamente interesado por la problemática política de su tiempo. Preocupado por la reconstrucción de Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, Pío XII “se convierte progresivamente en un crítico agudo del proyecto cientificista y tecnocrático capitalista, advierte el incremento y amenaza del poder soviético y pone su atención en las reservas de la Iglesia: España, América Latina y las dinámicas misiones africanas.”10 Sobre el tema, Perón dice11: “Desde los tiempos de la Inquisición el poder temporal ha sido un sentimiento arraigado en el sector político del clero. Este sentimiento ha sido apaciguado cuando el palio de San Pedro cubrió a un Papa piadoso y se exacerbó cuando un Pontífice político ocupó dicho cargo.”

La crisis

El 10 de noviembre de 1954, Perón habló ante un nutrido auditorio compuesto por los gobernadores de las provincias y los territorios nacionales, el vicepresidente, los ministros autoridades legislativas y otros altos funcionarios. “Yo quiero dar una explicación de orden general”, dijo el presidente, “como que viendo personalmente esta situación desde hace algún tiempo...Algunos han creído que éstaes una cuestión de la Iglesia o una cuestión de los estudiantes. No hay tal cosa. Aquí se trata de una cuestión política, como todas las situaciones que hemos pasado desde hace un tiempo a esta parte, con la diferencia que los políticos de la oposición han cambiado un poquito el método, lo que me admira porque ellos suelen andar siempre sobre los mismos métodos, peleándose en los comités, o preparando una revolución en los cafés. Esta vez parece que han elegido otros lugares para preparar esta misma revolución, con la que vienen soñando desde hace diez años. Esa es la realidad.” El presidente tomaba así el tema por su núcleo político. “En otro orden de cosas pasa lo mismo. La asociación Acción Católica Argentina, que es una asociación de orden internacional, también sin duda, contará en su seno con antiperonistas...que giran en la organización...van a muchas reuniones y dicen: ‘Yo no vengo en nombre de la Acción Católica’, pero actúan en nombre de ella.”  El clero es “una organización como cualquier otra, donde hay hombres buenos, malos y malísimos” Considerando que los opositores golpistas tratan de incorporar a sectores de la Iglesia para sus fines, se ha buscado la opinión de las autoridades eclesiásticas, y los obispos “nos dieron toda la razón del mundo. Eso dijeron los prelados y yo creo hacer honor a la palabra de los prelados” que la sostendrán cuando “el Gobierno y las organizaciones del Estado o del pueblo argentino tomen las sanciones que han de tomar...combatiendo a hombres que han dejado de cumplir con su deber de sacerdotes.” Entre éstos, Perón denunció a los obispos Fermín Laffite, de Córdoba, Froilán Ferreira Reinafé de La Rioja y Nicolás Fasolino de Santa Fe y a otros sacerdotes como Bonamín. Con respecto al “Partido Demócrata Cristiano o Demócrata Católico”, sugiere “que vayan, que presenten la plataforma...y que se presenten después a elecciones. vamos a ver cuantos votos sacan...Ya estoy viendo que se están juntando allí los conservadores algunos nacionalistas y hasta comunistas y algunos clericales, es decir los cuatro ‘pianta votos’ más  grandes que tenemos en el país.”12
Los sectores liberales e izquierdistas del peronismo o cercanos a él, creyeron ver la oportunidad de desquitarse de los amargos tragos que habían soportado durante los años de buena relación con la Iglesia. A la cabeza de ellos estaba el vicepresidente Teisaire, sospechado de militar en la masonería. A su vez, el periódico trotskista La Verdad afirmaba que “la creación de un partido social católico responde a los planes de los yanquis de colonización del país...(Perón había producido) un viraje a la izquierda.
El episcopado respondió, el 19 de noviembre, con una Carta al General Perón como Presidente de la Nación, en la que manifestaba “asombro y estupor frente a las declaraciones hechas públicas por V.E. para toda la Nación”, remarcando el papel de la Iglesia “desde los días iniciales de su formación...para su engrandecimiento moral y espiritual....formando ciudadanos buenos y respetuosos de la autoridad legítima”, y sin dejar de reconocer haber sido “favorecida y estimulada por V. E. con palabras y hechos significativos y hondos como la ley de enseñanza religiosa.” Los obispos trataban de conciliar, pero el día 13 la policía cordobesa había impedido un homenaje que se intentó hacer en la capital mediterránea al obispo Laffite.
Los sectores sindicales, preocupados por lo que consideraban una “infiltración clerical” en sus filas habían denunciado días antes, a través de La Prensa, que ésta era manejada desde Bruselas, por la “Federación Internacional de Sindicatos Católicos...(que) tiene el reconocimiento oficial, como miembro consultivo, del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas. Por otra parte la necesidad de unir a todos los organismos de derecha para corregir un poco los errores de la posguerra, llevó a la Organización Internacional del Trabajo a que reconociera también la Confederación Internacional de Sindicatos Católicos. Esta filial en América Latina, centralizando el foco de sus actividades en Santiago de Chile.”13Con esta preocupación, la CGT convocó a un acto en el Luna Park que se realizó el 25 de noviembre. Después de duros discursos de Teisaire, Eduardo Vuletich - secretario general de la Central Obrera- y de la dirigente del Partido Peronista Femenino, Delia D. de Parodi, y entre carteles que proclamaban Perón si, curas no, el presidente habló en un tono más conciliador, señalando que había pedido la ayuda del episcopado para evitar incidentes. “Esta colaboración es la que yo pedí y es la que yo quiero. Pero, vistos los hechos, yo quiero hacer presente que hoy, como siempre, entre una fuerza que lucha con el pueblo, y el pueblo, yo elijo ahora, como he elegido siembre, el pueblo.”14 Sin embargo, los hechos parecían indicar que no quedaba espacio para la moderación. 
Por su condición de ministro del Interior y sus orígenes socialistas, Angel Borlenghi fue acusado, desde la oposición y desde los sectores católicos del peronismo, de ser uno de los instigadores del conflicto. Por el contrario, advirtió la inconveniencia de enfrentar a la Iglesia y estuvo entre los que trataron de aquietar las aguas. Luego de renunciar a su cargo, y en viaje a los Estados Unidos (10/7), declaró a los periodistas de Montevideo: “El episodio con los católicos no lo provoqué ni lo alenté. Ningún acto de violencia contra la Iglesia fue tolerado por mí. Puedo probarlo”15. Dos días después, en Puerto Rico afirmó: “el catolicismo nada tuvo que ver con la revolución del 16 de junio pasado”. Potash también descarta la responsabilidad del ex ministro.
Desde principios de diciembre se inició una verdadera ofensiva legislativa con la supresión de la Dirección General de Enseñanza Religiosa del Ministerio de Educación. Esto seguiría, el 22 del mismo mes, con la inclusión del derecho a un nuevo matrimonio de los divorciados en la reforma del Régimen Penal de Menores y del Bien de Familia. Era, para la época, una fuerte provocación que la Iglesia no podía dejar pasar. Los obispos pidieron, sin éxito, el veto presidencial. El 10 se había clausurado el diario católico El Pueblo, y el 30 se autorizó la instalación de prostíbulos, prohibidos desde la Ley de profilaxis de los años ‘30.
Entre marzo y mayo se derogaron feriados por festividades religiosas y se quitaron excenciones impositivas. El 13 de mayo le tocó el turno a la ley de Enseñanza Religiosa, luego de un absurdo debate, donde los izquierdistas y liberales del peronismo pudieron desquitarse de los sapos que se habían tenido que tragar en 1947 cuando votaron la aprobación. Para el senador Serrano, “la rectificación es procedente porque en la práctica la ley ha sido desvirtuada y sus efectos torcidos con aviesa intención y manifiesta falacia...Lo malo sería tener el falso rubor de declarar que la mayoría de 1947 se equivocó...”16 Los radicales -críticos ocho años atrás- esgrimieron elogios de la Rerum Novarum y del padre Grote. Francisco Rabanal llegó a sostener que la ley de descanso dominical había surgido por “una manifestación aguerrida de obreros católicos”, y que el “cristianismo no era compatible con los principios totalitarios del régimen.”17El 13 de mayo se sancionó la Ley 14404. Por ella se convocaba a una nueva reforma de la Constitución dentro de 180 días, en la que se separarían la Iglesia y el Estado. Los diarios oficialistas se llenaron de ataques a los curas y al clericalismo. Se multiplicaron los hechos de provocación, generados muchas veces por funcionarios de menor cuantía, ansiosos de hacer mérito. En el acto del Día de los Trabajadores del 1º de mayo, Vuletich volvió a atacar al clero que “predica la resignación de rodillas; nosotros lo preferimos a usted general, que preconiza la dignidad de cara al sol y nos enseña a pelear por la conquista de nuestros derechos.”
El conflicto creó dudas y graves problemas de conciencia entre los peronistas católicos, que no eran pocos. El ministro de Comercio, Antonio Cafiero y los diputados Dominga de Sosa Vivas, Hilario Salvo y Roberto Carena renunciaron a sus cargos. Entre los sectores medios, más allá de su mayor o menos fervor religioso, la exterioridad de lo que se empezaba a ver como un atropello injustificado a la Iglesia, causaba indignada estupefacción. Los más duros opositores, a su vez, vieron la oportunidad que se presentaba. José Luis de Imaz, integrante de la CGU, rompió con el gobierno en marzo de 1954, aunque se consideraría un “peronista en retiro efectivo”. Fermín Chávez relata su participación en una reunión en el restaurante El Tropezón, donde algunos nacionalistas plantearon la ruptura con el peronismo. “Hay testigos de que otros manifestamos con dureza, nuestra lealtad al justicialismo. Arturo Jauretche relata un episodio similar: ‘No se daba la opción entre nacionalismo y Perón, sino entre Perón y la oligarquía.’”18