miércoles, 23 de julio de 2014

UNA MUCHACHA DE LOS TOLDOS

En 1935, la Década Infame, se aceleró la migración del interior a Buenos Aires. Eran los “cabecitas negras”, aunque muchos llegaban de la pampa gringa que, atacada por la crisis dejaba sin ocupación a los trabadores agrícolas.
La atracción venía desde que el puerto había empezó a crecer a costa del empobrecimiento de las provincias. Los jóvenes sin horizontes llegaban, ahora, del interior bonaerense, del sur santafecino o de las cuchillas entrerrianas, regiones hasta ayer opulentas.
Entre ellos llegaría una quinceañera de Junín, aunque había nacido en Los Toldos, que esperaba triunfar como actriz. Era Eva Duarte. Protagonizaría un papel trascendente en la historia real.
En enero de 1944, San Juan fue destruida por un terremoto. La solidaridad, y la ayuda llegaron de todo el país. En el gobierno militar, un oficial se destacaba como Secretario de Trabajo y Previsión. El coronel Juan Perón, con su laboriosidad desbordante, se puso a la cabeza de la colaboración y estuvo presente en el festival que los artistas organizaron en el Luna Park. Allí se conoció con Evita Duarte. “Quiero hacer algo por esa pobre gente que en este momento es más mísera que yo”, le dijo. “Yo la miraba”, contaba Perón en 1956, “y sentí que sus palabras me conquistaban; estaba casi subyugado por el calor de su voz y de su mirada.” Al poco tiempo vivían juntos, con escándalo de los pacatos. En los años siguientes, juntos impulsarían la transformación de un país.
Como decía Fermín Chávez, cuando hay Historia, el mito es innecesario. No fue Evita la que levantó a los trabajadores para liberar al coronel el 17 de octubre. No tenía entonces la experiencia ni, mucho menos, las relaciones políticas y sindicales.
Hizo lo que podía por la libertad de su compañero, más allá de toda especulación política. No pudo entrar al Hospital Militar a verlo, ni conseguir el abogado que gestionara un habeas corpus. Según parece, fue reconocida por un taxista que la entregó a los heroicos estudiantes que ocupaban la facultad de Derecho en Avenida Las Heras. Estos la golpearon y debió refugiarse casa de una amiga. Siguió los acontecimientos por radio y, después de medianoche pudo reunirse con el coronel.
No necesitaba de fantasías para convertirse en lo que fue después. Decía el embajador de Videla, Américo Ghioldi “Todo lo que Eva Perón es resulta del poder dictatorial. No hay ningún aporte personal. Un robot electrónico habría cumplido parecidas funciones. La llegada a la Casa Rosada es su solo camino de Damasco que la convierte de una doña Nadie en 1943, en una Reina en 1946”. Nuestro Fermín, responde que “en la historia, como en la vida misma, nada se crea ex nihilo. Por eso es que resulta casi una tontería sociológica esa observación... Sin Evita Duarte no podía haber Eva Perón”.
En cada necesidad, un derecho”, veía, y se entregó a satisfacerlos. Para algunos fue sólo un “invento” de Perón. Para otros, manejaba a su antojo a un pusilánime coronel. Se entregó a su marido con la misma pasión con que lo hizo a la causa de los desposeídos.
Se le atribuye resentimiento, por ser hija natural y por la pobreza de sus primeros años. De ahí habría surgido su gusto por las joyas y la ropa suntuosa y el odio a las familias patricias. Pero éstas no la detestaron menos. En todo caso, las veía como las enemigas de Perón y de sus grasitas. Dejó atrás la frivolidad de sus atuendos -tenía menos de treinta años entonces- cuando podía ser un inconveniente para su quehacer social.
La política social impulsada por Perón tenía mucho que ver con sus expectativas reivindicatorias. No se trataba de acompañar al Coronel en una aventura política personal, sino de hacerlo en una patriada con un contenido social.
Trabajó en una oficina del Correo Central, pero fue en la Secretaría de Trabajo y Previsión, en septiembre de 1946, donde lanzó su proyección política. El Movimiento Obrero Organizado, al que Evita no era ajena, atendía las necesidades de los trabajadores sindicalizados. Pero el inmenso número de marginales, de ancianos que no habían trabajado dentro de un sistema conveniado, de madres solteras, de niños sin padres, y de tantos otros, que no estaban cubiertos por la legislación social, encontró solución a sus dramas, primero en la Secretaría y, más adelante, en la Fundación.
En sus entrevistas cotidianas con los pobres y los trabajadores, -que concluían siempre con la satisfacción de las demandas- adquirió la experiencia que le faltaba. Su oratoria se perfeccionó. La Compañera Evita, se convertía poco a poco en la referente de los trabajadores y los dirigentes gremiales encontraban en ella un liderazgo interno.
Su rol político, complementaba al de Perón sin competir con él. Al mismo tiempo, nutría su natural agudeza política que la iba convirtiendo en única e imprescindible interlocutora de Líder, aislado en la soledad del poder.
Impulsó la sanción de la ley 13010 de sufragio femenino. “La mujer argentina ha llegado a la madurez de sus sentimientos y sus voluntades… debe ser escuchada, porque supo ser aceptada en la acción. Se está en deuda con ella. Es forzoso restablecer, pues, esa igualdad de derechos, ya que se pidió y se obtuvo…esa igualdad en los deberes.”
El 9 de septiembre de 1947 se estableció que “las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o les imponen las leyes a los varones argentinos”, con el voto unánime de ambas Cámaras. A Evita le temblaban las manos “al contacto con el laurel que proclama la victoria [...] Aquí está, hermanas mías, resumida en la letra apretada de pocos artículos, una historia larga de luchas, tropiezos y esperanzas”.
Fue la pareja presidencial la que lanzó el rumor acerca de la fórmula Perón-Eva Perón para las elecciones de 1951. Perón y Evita trataron de taponar la candidatura a vicepresidente ante posibles sorpresas. (En otra parte hemos comentado la desconfianza del General hacia lo que Sarmiento llamó La precaución inútil. Y los argentinos de 2008 a 2010 han aprendido de su peligrosidad) Las resistencias -sobre todo en el Ejército- no parecen haber tenido fuerza para oponerse. Muchos se entusiasmaron con lo que en realidad no habría sido otra cosa que una maniobra distractiva del Líder y su principal colaboradora, y la propia Evita debió impresionarse con la masiva demanda del Cabildo Abierto del Justicialismo. En realidad, con la vicepresidencia, estaba lejos de ganar espacio o poder. Siendo Evita era mucho más.
Los primeros síntomas de su enfermedad fueron el acicate que la impulsó a aprovechar hasta el último segundo de lo que le restaba de vida. La actividad febril de los meses siguientes superó con creces lo que había sido su ritmo de trabajo anterior. Internada, pudo votar -¿cómo no iba a hacerlo?- en las primeras elecciones en que lo hacían las mujeres.
El 1º de mayo habló por última vez desde el balcón: “Mis queridos descamisados: Otra vez estamos aquí reunidos los trabajadores y las mujeres del Pueblo; otra vez estamos los descamisados en esta plaza histórica del 17 de Octubre de 1945, para dar la respuesta al Líder del Pueblo, que esta mañana al concluir el mensaje dijo: ‘Quienes quieran oír que oigan; quienes quieran seguir que sigan.’
[...] Compañeros, compañeras: otra vez estoy en la lucha, otra vez estoy con ustedes, como ayer, como hoy, como mañana. [...] Yo saldré con el Pueblo trabajador, yo saldré con las mujeres del Pueblo, yo saldré con los descamisados de la Patria,… porque nosotros no nos vamos a dejar aplastar por la bota oligárquica y traidora de los vendepatrias que han explotado a la clase trabajadora”.
Recuerda Marysa Navarro que “El día antes de morir, cuenta Perón, lo mandó llamar porque quería hablar a solas con él. Se sentó sobre la cama y ella hizo un esfuerzo por incorporarse. Su respiración era apenas un susurro: ‘No tengo mucho por vivir -dijo, balbuceante–. Te agradezco lo que has hecho por mí. Te pido una sola cosa más... No abandones nunca a los pobres. Son los únicos que saben ser fieles”… A las ocho y veinticinco, una hora que miles de argentinos recordarían por muchos años, dejó de respirar.
Tenía treinta y tres años”
Viejos peronistas que la conocieron de cerca imaginan que con ella no hubieran ocurrido los trágicos hechos de 1955. Los montoneros, en su momento, la imaginaban opuesta a un Perón conservador y afirmaban que si “viviera, sería montonera”. Conociéndola, es fácil suponer que sería peronista.
¿Tiene sentido en Historia especular sobre lo que pudo ser? Si la Historia no es lo que pasó antes, sino lo que empezó entonces, continúa hoy y se proyecta al futuro, si como decía Jauretche, entendemos que somos eslabones de una cadena que no empezó, ni terminará, con nosotros, lo que queda es comprender ese pasado y, para quienes compartimos los ideales de quien ha sido justamente consagrada como Mujer del Bicentenario, cumplir con su profecía: “Yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo levarán como bandera a la Victoria.”
Y algo de eso debe haber, cuando los jóvenes del 2014 cantan que seguirán la bandera de Evita de la cuna hasta la tumba.


Enrique Manson

Julio de 2014