lunes, 16 de junio de 2014

Bombardeo del 16 de junio

Año 7. Edición número 317. Domingo 15 de Junio de 2014
Los conflictos entre Iglesia y Estado han sido históricamente inevitables. Ni una ni otro pueden reconocer su­bordinación alguna. En la Argentina Justicialista, la condición cristiana del Movimiento generaba inevitables diferencias. Gobernaba en Roma un Papa político, comprometido en el enfrentamiento entre Estados Unidos y la URSS.
En medio del conflicto, el gobierno prohibió, para evitar incidentes, la procesión de Corpus Christi. Según Félix Luna, “se convirtió... en una gigantesca manifestación” que desfiló hacia el Congreso y al Círculo Militar con la intención de impactar a los uniformados. Junto a los católicos, manifestaban masones, comunistas y fieles de otras religiones.
Días después se expulsó del país a los prelados Manuel Tato y Ramón Novoa. El 15 se conoció un proyecto de ley de expropiación de la Catedral y la Curia Metropolitana. El 16 de junio la Congregación Consistorial excomulgó a los que tuvieran responsabilidad en la expulsión de los prelados. La veracidad del dicho según el cual “la carne de cura es amarga” quedaría clara en septiembre del ’55. El avión que trajo a Lonardi a Buenos Aires tenía pintado el signo “Cristo Vence”.
La Marina era el arma antiperonista por excelencia. Con vínculos con la masonería, y era un hecho su devoción por la Royal Navy. El almirante Aníbal Olivieri era su ministro. Los almirantes Samuel Toranzo Calderón y Benjamín Gargiulo prepararon el levantamiento...
Toranzo Calderón contaba con apoyos en la oposición. Procuró el compromiso de un sector del Ejército con el comandante de la III División, general León Bengoa.
Se aprovecharía un vuelo de desagravio a San Martín. Perón se asomaría a la terraza y se lo asesinaría con el bombardeo de la Casa Rosada. La Infantería de Marina atacaría la sede del gobierno con apoyo civil. Bengoa arrastraría al Ejército.
Perón llegó a la Casa de Gobierno a las 6 y 20. Desde las 9 el ministro de Guerra, Franklin Lucero, sabía del “levantamiento de la Marina”, y se lo había comunicado en una reunión con varios generales. El ministro recibió el encargo de reprimir al movimiento, y a su vez convenció al presidente de que se trasladara al Ministerio de Ejército.
El ataque estaba planeado para las 10, pero las malas condiciones meteorológicas lo postergaron hasta las 12.40 en que cayó la primera bomba. Cerca de 40 aviones, que incluían algunos de la Fuerza Aérea, bombardearon y ametrallaron el centro de Buenos Aires, cuando ya el plan había fracasado. Perón estaba seguro, la III División no se había sublevado y la Infantería de Marina era expulsada por los Granaderos. El bombardeo dejó la Plaza de Mayo y sus adyacencias sembradas por casi 400 cadáveres. Un trolebús repleto de pasajeros recibió un impacto directo. Una bomba, seguramente destinada a la Residencia Presidencial, estalló en la esquina de Las Heras y Pueyrredón. Recién a las 17.30, el último avión se decidió a buscar refugio en Montevideo. No se privó de descargar sus bombas. Entre los que volaron al Uruguay estaba el radical unionista Miguel Ángel Zavala Ortiz.
Alrededor de las 16 llegaron a la plaza camiones repletos de activistas, dispuestos a dar, sin eufemismos, la vida por Perón. Este no aprobó el llamado: “Ni un solo obrero debe ir a Plaza de Mayo”.
Los rebeldes del Ministerio de Marina fueron rodeados por la multitud que acompañaba espontáneamente a los militares leales. La indignación de la gente hacía temer por sus vidas a los sitiados que recién se rindieron cuando el Ejército les garantizó que no entrarían civiles. Olivieri y Toranzo Calderón serían condenados a prisión. Gargiulo se suicidó.
A la noche, fueron incendiadas varias iglesias céntricas, además de la Curia Metropolitana. Recuerda José Luis de Imaz: “La calle estaba cubierta de víctimas gratuitas. Me encerré en mi casa, cobarde. Fue entonces cuando incendiaron las iglesias”. Los incendiarios habrían salido de Partido Peronista (que presidía Teisaire), del Ministerio de Salud Pública (Raúl Bevacqua) y de un “servicio de informaciones”. Winston Churchill diría: “Perón es el primer soldado que ha quemado su bandera y el primer católico que ha quemado sus iglesias”.
El presidente habló por radio a las 18. “Deseo que mis primeras palabras sean para encomiar la acción maravillosa que ha de­sarrollado el ejército... Desgraciadamente, no puedo decir lo mismo de la Marina de Guerra, que es la culpable de la cantidad de muertos y heridos que hoy debemos lamentar los argentinos...”
La lealtad de los leales era dudosa. La invocación pecaba de voluntarismo. Esa tarde, Lucero entregó a Perón un Decálogo del Soldado, en que definía al Ejército como síntesis del pueblo. Señala Godio que tal vez “no haya percibido con claridad a quien estaba leyendo... (lo) que con tanto esmero había escrito: lo escuchaban en silencio, ...Pedro Eugenio Aramburu, Julio A. Lagos, Dalmiro Videla Balaguer, Juan J. Uranga y León J. Bengoa”.
Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego
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La Marina arroja 6.000 kg de bombas contra el país

Año 7. Edición número 317. Domingo 15 de Junio de 2014

La historia da lecciones. Y si estas lecciones no la aprovechamos corremos el riesgo de volver a cometer los mismos errores.
Yo, en junio de 1955 tenía 18 años recién cumplidos. En mayo, una semana después de mi cumpleaños, a unos compañeros y a mí nos había detenido la policía repartiendo volantes que nosotros mismos habíamos redactado e impreso en nuestro viejo mimeógrafo. El texto de los volantes era de poca importancia. Simplemente deslindaba del nombre Nacionalista a la actuación de la Alianza, convertida por entonces en un mero grupo de choque. Aclaro que yo militaba en la UNES (Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios). Mis dos camaradas –menores de edad– quedaron en libertad, en cambio yo, que ya había pasado por cinco días el umbral de los 18, fui por un mes al penal de Villa Devoto.¿Cuál era el delito?: “Atentado a la seguridad pública”.
No fue esa la primera vez que me detenían y no habría de ser la última. Pero no estamos aquí para relatar cosas tan insignificantes.
Sólo es explicable el 16 de junio de 1955 hablando del conflicto con la Iglesia. No nacen estas cosas por generación espontánea. Hubo un conflicto –como tantos que hubo en nuestra historia– y fue muy mal manejado desde nuestro lado y muy bien aprovechado desde la vereda de enfrente.
En su discurso del 17 de octubre de 1954 Perón señalaba tres enemigos: Los políticos, los comunistas y los “disfrazados de peronistas”.¿Quiénes eran estos “disfrazados”? A poco lo supimos. Los enemigos –lo señalarían artículos publicados en La Prensa, por entonces en manos de la CGT– eran “los católicos”.
Todo parecía indicar que se trataba del naciente Partido Demócrata Cristiano. Se dice que era una iniciativa del papa Pío XII quien lo impulsaba para una Europa amenazada por el avance comunista.
Allí comienza una cadena de errores y tonterías propagandísticas que Perón, viejo zorro de la política local, debió haber previsto.
Por entonces militaba en un grupo en el que estábamos algunos peronistas y otros que no lo eran. Los artículos de La Prensa y el clima que comenzaba a enrarecerse nos llevaron a reunirnos con un joven sacerdote jesuita en el Colegio del Salvador. Recuerdo que mi aporte fue intentar armar una contraofensiva desde el lado peronista. Pero me sorprendió la intransigencia tanto de algunos compañeros míos como del sacerdote. No; se debían atacar frontalmente esos brotes desde la institución Iglesia. Por entonces yo tenía 17 años y mi argumento no convenció. Pero mi conciencia quedó tranquila –yo había hecho lo que podía, que era bien poco–.
Finalmente llegamos al aciago día del bombardeo. Jóvenes pilotos, cuya educación y modelos profesionales fueron las guerras internacionales vistas en el cine, se imaginaron disolver el MAL destruyendo y aterrorizando al “enemigo”, obnubilados por la idea de combatir contra algo diabólico, idea que era fomentada y acicateada por quienes no buscaban casualmente que “venza Cristo”, como “Cristo vence” que para vergüenza de Cristo y de los cristianos verdaderos habían pintado en las alas de los aviones que arrojaron 6.000 kg de bombas y mataron niños, mujeres, radicales, obreros, empresarios, peronistas, y tanta gente que aún no se puede establecer su número.
El número correcto no quiso ser difundido oficialmente. Se impuso una censura de fotografías para no horrorizar ni exacerbar venganzas. Durante muchos años sólo se oyó la campana de la sedicente “Libertadora” que campearía tres meses después y sólo relataría una heroica reacción de marinos que no pudo llegar a cumplir sus altos fines (sólo tuvieron dos muertos y uno de ellos por suicidio) y una salvaje venganza de quienes tuvieron cientos de muertos “quemando las iglesias”.
Y sobre esto es interesante lo que trae Pedro Bevilacqua en su documentado libro Hay que matar a Perón.
Consigna Bevilacqua el testimonio del periodista Ricardo Day, quien al pasar por San Nicolás, de cuya torre salía una densa columna de humo, vio a un grupo de bomberos forzando la puerta con una barreta y se preguntó ¿Los incendiarios cerraron la puerta con llave? Investigó y supo que en las 8 iglesias quemadas (todas en el centro), las puertas estaban cerradas con llave. Que ningún vecino vio a nada paracido a una turba de asaltantes. Que preferentemente se había hecho fuego en las torres, para que el efecto chimenea MOSTRASE el incendio. Que en algunas se habían acumulado cajones y pedazos de cubiertas para hacer mucho humo. Que TODAS habían recibido un aviso el día anterior de que no hubiese sacerdotes. Que los civiles complotados fueron advertidos de que “se esperaba la quema de algunas iglesias, pero que no debían intervenir”. Y finalmente que salvo la Curia, cuyo incendio se produjo por una bomba de aviación, el resto de los incendios había comenzado antes de que terminase el bombardeo a la plaza.
No sirvió para mucho la tardía apertura de las radios a la oposición ni sus llamados a la cordura pocos días más tarde. El 30 de agosto Perón cambiaba de rumbo, y con el famoso discurso de “por cada uno de nosotros caerán cinco de ellos” intentaba volver a reunir su desconcertada tropa y hacer un punto fuerte desde el que se pudiese negociar... pero ya se habían cometido demasiados errores de ambas partes para solaz del imperialismo, que nos tenía como un forúnculo a extirpar...
Ya los argentinos estábamos sumergidos en la locura.
Por eso, como les dije al principio: LA HISTORIA NOS DEBE ENSEÑAR PARA NO COMETER LOS MISMOS ERRORES.
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